La inseguridad y la informalidad opacan la distracción dominical en el parque La Carolina, de Quito
La Carolina es uno de los parques más importantes de Quito por su ubicación y cantidad de personas que lo visitan a diario. El comercio informal y la delincuencia son los principales problemas.

Vendedores informales en el parque La Carolina, de Quito, el 30 de marzo de 2025.
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En las 61 hectáreas que tiene el parque La Carolina de Quito hay de todo: juegos infantiles, senderos para correr, áreas de baile, canchas deportivas, espacios para mascotas, una laguna con botes, pistas para skate y bicicletas y hasta una cruz gigante de 45 metros de altura que se construyó para recibir al papa Juan Pablo II cuando visitó Ecuador en 1985.
En este lugar es común ver a amigos haciendo deporte y a familias enteras disfrutando de las áreas verdes. Y, con los visitantes, llega la oferta. Allí se puede comprar platos típicos y postres tradicionales como cevichochos, fritada, salchipapas, granizados o espumillas.
Son las 11:00 del domingo 30 de marzo de 2025. El parque poco a poco se llena con personas que buscan descargar el estrés de la semana. La fría mañana quiteña, acompañada de una tenue lluvia , no impide que los atletas entrenen en el parque, ni que los niños disfruten los juegos de plástico y madera.
Los alrededores de la laguna y de la Cruz del Papa son los principales puntos de reunión de los más de 50.000 visitantes que llegan cada semana hasta La Carolina. Esos dos puntos son también los lugares donde el comercio formal e informal busca sacar el mayor provecho.
Amadeo Villa, presidente de la Asociación de Comerciantes, dice que en el parque hay 250 comerciantes regularizados que ofrecen sus productos desde hace 10, 15, 20 y 30 años. "Hay siete asociaciones, pero solo dos estamos legalmente constituidas. Nosotros pagamos por nuestros puestos y también nos organizamos para brindar seguridad y comodidad a los clientes", señala.
Mientras este comerciante de espumilla se queja de que el Municipio de Quito pone trabas a proyectos para mejorar el parque, la cantidad de visitantes aumenta considerablemente y, con ello, aparece una avalancha de comerciantes informales.

En carretillas, caminando o en bicicletas, estos vendedores recorren La Carolina ofreciendo productos similares a los que se venden en los puestos formales, además de una amplia gama de otros más novedoso.
Durante un domingo en el parque La Carolina es posible comprar ropa para mascotas, globos de distintas formas, con y sin luces, dispositivos USB con música, manualidades, artículos de bazar, cuadernos para colorear, hasta jugos, bocadillos extranjeros y platos típicos.
Andrés Pérez es uno de los informales. Empujando una pequeña carreta construida por él mismo camina por el parque vendiendo jugos de coco y tamarindo. "Hay que ganarse la vida como sea", dice apenas termina de promocionar sus productos.
Como él, una veintena de comerciantes buscan llamar la atención de los clientes con gritos que se vuelven inentendibles. En medio del caos aparece Elsa Armijos, quien vende flores tejidas a mano. "La crisis del país es terrible. Hay que buscar la forma de generar ingresos de cualquier forma", dice esta contadora de profesión.

A menos de cinco metros de distancia, Luis Bombón, un comerciante regular, dice que entiende que cada vez haya mayor presencia de vendedores informales, pues "en el país no hay trabajo para nadie". Sin embargo, pide a las autoridades que implementen mayores controles para evitar una sobrepoblación de comercio informal que puede ahuyentar a los visitantes.
En esto coinciden Andrés Vera y Karol Naranjo, dos habituales usuarios del parque. Vera dice que "hay momentos en los que no se puede estar tranquilo porque los comerciantes se acercan en todo momento a ofrecer sus productos. Naranjo, en cambio, asegura que el parque se ve sucio por la gran cantidad de basura que dejan estos vendedores y visitantes.
La tenue lluvia que caía en la mañana ahora es un fuerte aguacero, típico del invierno de Quito. Algunas personas se resguardan en las carpas de los comerciantes regulares y otras optan por volver a casa.
En los alrededores de la laguna, varios vendedores ambulantes escampan bajo un techo de lata a la espera de que la lluvia se detenga para volver a ofrecer sus productos.
Poca capacidad para controlar el comercio informal
Controlar el comercio informal en el parque La Carolina resulta complejo para el Municipio de Quito. Sobre todo porque la Agencia Metropolitana de Control (AMC), entidad encargada de esta tarea, apenas cuenta con 10 funcionarios desplegados en este lugar.
Pablo Osorio, jefe de Operativos de la AMC, dice que en los últimos años se ha sentido un incremento notable de comercio informal en el parque. "No solo hay comerciantes ecuatorianos. Hemos visto que llegan de otros países".

Ante esta situación, el Municipio instaló un punto fijo de control para evitar que los vendedores se tomen el parque, pues entre ellos también se camuflan antisociales.
La Policía Nacional reconoce que todos los días ocurren peleas entre comerciantes y robos. "No hay un día en el que no haya uno de estos incidentes. Los delincuentes saben cómo actuar", admite un policía que pide la reserva de su identidad.
Osorio adelanta que la Empresa de Obras Públicas (Epmmop) prevé instalar cámaras de seguridad en todo el parque para aumentar su capacidad de respuesta. PRIMICIAS consultó a la Epmmop sobre este proyecto, pero no obtuvo respuesta.
El alcalde Pabel Muñoz reconoce que el comercio informal es uno de los tres problemas más graves que enfrenta Quito. "Hay que entender que el comercio informal tiene varias aristas. Una es la situación que vive el país y otra que tiene que ver con los desplazados que llegan a Quito. Estas personas buscan llevar un plato de comida a casa trabajando", dice.
Muñoz asegura que el Municipio trabaja en la creación de espacios para ubicar a los 20.000 comerciantes informales que se calcula hay en Quito. "No voy a permitir que Quito se convierta en un mercado. Vamos a respetar el derecho al trabajo, pero con orden", asegura.
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