Mientras no construyamos un verdadero sentido de identidad y orgullo que trascienda los resultados de la selección de fútbol, seguiremos siendo un país desunido, con identidad débil, y me atrevo a decirlo, triste.
Hay algo que todos nuestros gobernantes deberían tener en cuenta al pretender conducir un país tan complicado como el nuestro. Gobernar el Ecuador exige estar dispuesto a renunciar a los beneficios que el poder puede darte.
Hemos confundido justicia con castigo, autoridad con crueldad y seguridad con humillación. Y una sociedad que confunde esas tres cosas no se vuelve más segura. Se vuelve más cruel.
Así como hay dictadores, populistas, demagogos y corruptos de izquierda y de derecha, también hay personas valiosas —y decentes— en ambos lados del espectro ideológico.
En un mundo en que lo humano pierde cada vez más valor, donde lo artificial reemplaza lo natural, corremos el riesgo de que una herramienta tan potente como la inteligencia artificial termine por hacernos cada vez más estúpidos.
Es difícil pensar en resolución de conflictos de forma pacífica, cuando a escala global —y local— vemos que la violencia es lo que se impone a la hora de las resoluciones.
¿Podemos creer que tenemos un CNE independiente? ¿Un Tribunal Contencioso Electoral? Si hace quince años vivimos en el país un proceso de concentración del poder bajo el gobierno de Correa, hoy pareceríamos estar repitiendo un proceso muy parecido.
¿Es eso lo que queremos ser en el Ecuador? ¿Es la deriva autoritaria de los Estados Unidos lo que el presidente Daniel Noboa pretende imitar? A juzgar por varios rasgos de su estilo de gobierno, parecería que sí.
Cuando un niño empieza por querer parecerse al maleante de su esquina —aunque sea solo a nivel estético— el paso a parecerse a nivel ético es más corto y más fácil de dar.
Cuando se da una operación de este tipo hay que fijarse en los momentos. El Ecuador atraviesa una época en que la censura a varios medios de prensa -de forma explícita o velada- viene haciéndose una lamentable costumbre.
Mientras no construyamos un verdadero sentido de identidad y orgullo que trascienda los resultados de la selección de fútbol, seguiremos siendo un país desunido, con identidad débil, y me atrevo a decirlo, triste.
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Hay algo que todos nuestros gobernantes deberían tener en cuenta al pretender conducir un país tan complicado como el nuestro. Gobernar el Ecuador exige estar dispuesto a renunciar a los beneficios que el poder puede darte.
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Hemos confundido justicia con castigo, autoridad con crueldad y seguridad con humillación. Y una sociedad que confunde esas tres cosas no se vuelve más segura. Se vuelve más cruel.
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Así como hay dictadores, populistas, demagogos y corruptos de izquierda y de derecha, también hay personas valiosas —y decentes— en ambos lados del espectro ideológico.
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En un mundo en que lo humano pierde cada vez más valor, donde lo artificial reemplaza lo natural, corremos el riesgo de que una herramienta tan potente como la inteligencia artificial termine por hacernos cada vez más estúpidos.
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¿Podemos creer que tenemos un CNE independiente? ¿Un Tribunal Contencioso Electoral? Si hace quince años vivimos en el país un proceso de concentración del poder bajo el gobierno de Correa, hoy pareceríamos estar repitiendo un proceso muy parecido.
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