Esto no es político
Las histéricas

Periodista. Conductora del podcast Esto no es Político. Ha sido editora política, reportera de noticias, cronista y colaboradora en medios nacionales e internacionales como New York Times y Washington Post.
Actualizada:
En el más reciente debate, Daniel Noboa y Luisa González se enfrentaron por segunda vez en menos de dos años en la final de unas elecciones presidenciales. Durante dos horas intercambiaron acusaciones y señalamientos que, una vez más, mostraron el estado del país, a través de las narrativas de sus representantes.
Con una alta carga de machismo —en el debate y postdebate—, Noboa quiso mostrar a González como incapaz de controlarse: “cálmate”, “histérica”, “ofuscada”, le dijo. Nada nuevo en un mundo en donde el poder ha estado históricamente en manos de los hombres: un hombre vehemente, será un líder. Una mujer igual, será histérica. Si, ante las provocaciones, un hombre alza la voz, “tendrá pantalones”; si lo hace una mujer, será violenta.
Mencionar un eventual déficit de atención de Noboa como sinónimo de incapacidad también es profundamente cuestionable; los candidatos deberían ser increpados por sus ideas, prácticas, bagajes políticos y acciones con impacto en la vida pública. Sin embargo, navegar en un mundo construido por y para los hombres sigue siendo un desafío para millones de mujeres cuyas profesiones o elecciones de vida tienen un impacto en la opinión pública.
Y esto no tiene que ver con los cuestionamientos válidos y necesarios que se deben hacer a las mujeres en cargos públicos. Luisa González aspira a gobernar el país, por lo tanto es legítimo que enfrente un altísimo nivel de escrutinio y que responda por todo lo que debe responder: la línea política de su organización, las posturas con respecto a Venezuela, a las libertades, a la democracia; el entorno que la rodea, los casos de corrupción que pesan sobre varios de los líderes del correísmo. Lo que no es aceptable es que sobre ella pese una carga distinta de la que pesa sobre Noboa por el hecho de que ella es mujer.
Noboa tiene un historial de cuestionamientos sobre su forma de relacionarse con las mujeres. Su exesposa, Gabriela Goldbaum, lo denunció por violencia psicológica y a mediados de marzo hizo una extensa exposición en la Asamblea Nacional sobre presuntos manejos irregulares desde el poder para violentarla. Eso entra en la esfera de lo público porque estamos hablando del Presidente de la República.
Lastimosamente la violencia de género también ha sido utilizada como un arma electoral contra los enemigos en lugar de tomarse como un problema serio que aqueja a miles de mujeres en el país y en el mundo. De repente empiezan a surgir denuncias por violencia política de género que son absurdas como la que la exministra Zaida Rovira interpuso contra la abogada María Dolores Miño por llamarla “alfombra del poder” y que finalmente fue desechada. Las mujeres políticas también son sujetas de escrutinio y eso no es violencia política, por eso es fundamental diferenciar ambas cosas.
La denuncia de Gabriela Sommerfeld contra Verónica Abad que fue calificada por el Tribunal Contencioso Electoral como violencia política de género es, para muchos, también un abuso de esta figura que termina con la destitución de Abad.
¿Decir que Sommerfeld “la ha perseguido, que es sorda; que no ejerce adecuadamente su cargo de canciller” o “que la tiene desterrada, secuestrada, censurada; y que ha amenazada contra su vida” es realmente violencia de género? ¿La misma acusación no podría hacerse contra un hombre, con las mismas cargas e implicaciones?
En un enfrentamiento entre dos políticas mujeres, en el que la una acusa a la otra de distintas acciones de manejo del poder, ¿se está agrediendo a una mujer en un cargo público provocando la restricción del ejercicio de sus funciones? Quedan dudas.
Las mujeres en cargos públicos o las que aspiran a ocupar espacios de poder también tienen que rendir cuentas. Lo tiene que hacer Sommerfeld, Abad, González o cualquier otra y no pueden escudarse en una lucha en la que ni siquiera creen para librarse de ese escrutinio.
Tampoco se puede descalificar a la denunciante de acuerdo a la tienda política a la que su denuncia afecte. Cuando en 2023 Soledad Padilla denunció a Jorge Glas por presunta violencia de género, muchos militantes del correísmo callaron y le dieron la espalda, evidenciando que las organizaciones políticas —por más discursos progresistas que tengan— no se escapan de las prácticas machistas y cuesta alzar la voz cuando los señalados son sus propios compañeros.
No era la primera vez que esto ocurría al interior de la RC. En 2021, Xavier Jurado, asambleísta por esa organización —hoy, con ADN— fue denunciado por Verónica Guevara, exasambleísta de la RC, quien a través de una carta pública aseguró que Jurado habría golpeado “con manotazos y puñetazos” al hijo menor de edad de Guevara y que le habría apuntado con un arma de fuego. No hubo respaldos públicos para Guevara y Jurado se mantuvo dentro de la organización por dos años más.
Por supuesto esta no es la única organización cuyos miembros han enfrentado este tipo de acusaciones. El exprefecto de Morona Santiago, Tiyua Uyuncar, que llegó al cargo por Pachakutik, también fue denunciado por violencia de género contra su pareja y sobre el exlegislador de la misma organización, Peter Calo, pesa una sentencia a 19 años de prisión por violación.
En una sociedad machista, estas prácticas se repiten en todos los ámbitos: en la academia, en las salas de redacción de los medios, en las organizaciones políticas o empresas privadas. Todos son microcosmos de réplica de la realidad en la que coexiste la violencia de género y el abuso de esta figura para evadir el escrutinio público.
En 2017, el entonces Vicepresidente Jorge Glas llamó “histéricas” a varias asambleístas de oposición que impulsaban un juicio político en su contra. La misma palabra que, ocho años después, Noboa usó para referirse a González.
Identificar micromachismos como los intentos de posicionar a las mujeres vehementes como “histéricas” aún es una tarea pendiente porque no se trata de que la candidata en cuestión nos guste o no. Se trata de poder ejercer un escrutinio público minucioso y severo sin caer en las prácticas históricamente aplicadas usando rasgos físicos o del carácter de las mujeres para deslegitimar sus discursos. Ni el “gordita horrorosa” estuvo bien antes; ni el “ofuscada” está bien hoy, pero a veces parece que Ecuador no está listo para esta conversación.