Punto de fuga
Insilios colectivos

Periodista desde 1994, especializada en ciudad, cultura y arte. Columnista de opinión desde 2007. Tiene una maestría en Historia por la Universidad Andina Simón Bolívar. Autora y editora de libros.
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Hay un éxodo que está pasando frente a nuestros ojos y del que no se está hablando. Una retirada masiva y, mayormente, silenciosa hacia el interior de uno mismo, de su casa. Ese encierro, literal o figurado, a causa de no querer saber nada del mundo exterior porque está siendo un lugar muy horrible. La sensación desapacible de ya no saber dónde se está o de saber que se está donde no se quiere estar. Eso que algunos llamamos insilio.
Son cada vez más las personas que conozco que cuentan que no están viendo noticias o restringiéndolas al máximo; protegiéndose del horror que viene de afuera, de la vida en sociedad, de los gobiernos que nos mal gobiernan. Es asustador darse cuenta de cuántos insiliados hay a nuestro alrededor.
Yo misma, pasando un día, estoy tentada a dejar de ver las noticias de Ecuador, para proteger mi gastritis crónica y la calidad de mi sueño (cuando estoy muy preocupada por algo suelo tener terrores nocturnos).
En mi casa hemos decidido solemnemente ya varias veces no querer enterarnos de nada. En el comedor, desde la silla de enfrente viene la propuesta de desconectarnos, por los próximos cuatro años al menos. Yo asiento, coincido, apoyo la moción, pero ambos a los pocos días volvemos a recaer, prendemos YouTube y se nos viene encima la avalancha de malas noticias, de todos lados, sin salvación posible. Cuando estamos ya casi asfixiados, volvemos a ver en el insilio la única boya de salvación posible.
Pero ¿qué es el insilio? Se lo puede explicar brevemente en contraposición al exilio, que es dejar el país propio para radicarse en otro, por razones exclusivamente políticas. El problema es que el insilio es más complicado. Y como es un término relativamente nuevo aún no todo el mundo termina de ponerse de acuerdo, y ni siquiera llega a constar en los diccionarios, por más que su uso ya no sea tan infrecuente. En lo que todos coinciden es en que el insilio se trata de un irse hacia adentro, de una suerte de reclusión autoimpuesta, para salvarse de algo.
En el 2017, después de una entrevista que le hice al psicoterapeuta quiteño Lobsang Espinoza, me quedó esta idea de ese concepto que se origina en una inconformidad con la realidad exterior: “es una forma de irse sin moverse del sitio físico, o de quedarse sin en realidad estar. Es el encierro/destierro dentro de uno mismo”.
La escritora argentina Gabriela Saidón hacía un repaso, hace un par de años, de varias otras formas e ideas que dispara el concepto insilio. Esta es una de ellas: “Aquel estar sin ser dentro de la propia patria de uno, que a uno se le presenta enajenada, pero no enajenada exclusivamente en lo socioeconómico sino en el sentido, en lo destinal, en el adónde va todo”.
La voluntad de insilio puede dispararse por diferentes motivos: espirituales, amorosos, emocionales, políticos. Los insiliados que me rodean son todos insiliados políticos. Están en distintas partes del mundo; es un fenómeno transnacional.
David Remnick, editor de la revista The New Yorker, vaticinaba hace pocas semanas el arrepentimiento que vamos a sentir cuando nos demos cuenta de que darle la espalda a la vida pública no nos ha salvado de nada, que el horror sigue ahí (como el dinosaurio del microrrelato de Monterroso) y que cuando despertemos, es decir, cuando volvamos de nuestro insilio, tendremos que verlo a los ojos.
Según Remnick, ese arrepentimiento nacerá de no haber sabido qué hacer (precisamente porque no queríamos saber) ni intentado hacer algo para que todo eso no pasara. Porque habremos estado llorando, rumiando o tratando de olvidar las desgracias colectivas, viviendo desterrados dentro de nosotros mismos, asustados y hartos del mundo exterior. Pero, mirando a nuestro alrededor, sinceramente, ¿quién podría culparnos? A veces el cuerpo no da para más.