Tablilla de cera
El deseo de que el papa se muera

Escritor, periodista y editor; académico de la Lengua y de la Historia; politico y profesor universitario. Fue vicealcalde de Quito y embajador en Colombia.
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Ahora que el papa Francisco retornó al Vaticano el domingo —sorpresivamente, porque se esperaba que estuviese internado unos días más—, y seguirá su convalecencia en la Casa de Santa Marta, el deseo de la mayoría de los católicos es que “se recupere lo mejor posible, lo antes posible”.
Así lo decía la tarde del domingo una vecina, que vive a pocos pasos de la entrada del Perugino, en palabras recogidas en una nota de Vatican News.
Pero esos deseos no han sido unánimes, sobre todo en redes sociales, en estos 38 días de hospitalización del papa. A pesar de que uno ya sabe que en ellas es posible encontrar el odio más abyecto y la estupidez más crasa, no ha dejado de causarme asombro la cantidad de desinformación sobre su estado de salud.
Muchas cuentas sensacionalistas, en X y en YouTube, en español, inglés y portugués, que son las que vi hasta que me harté, declaraban que ya había muerto y pululaban en ellas teorías da conspiración. Que el Vaticano, sostenían, estaba engañando a todo el mundo y se debatía en secreto quién lo sustituiría.
Pero lo que más repulsión me causó fue leer cuentas de quienes decían ser católicos deseando la muerte del papa Francisco.
Desear la muerte de alguien, y no se diga rezar para que otro muera o alegrarse de la muerte de alguna persona, es el mayor grado de deshumanización, mucho peor si la persona se declara católica que es, sobre todo, una fe en la vida.
Esos días de sufrimiento del papa —en los que, de verdad, al menos en dos ocasiones los médicos temieron que se muriera (pulmonía bilateral aguda, fallo de los riñones, transfusión, broncoespasmo)— y mientras la Iglesia entera rezaba por su recuperación, lo atacaban y ofendían en las redes diciéndole anticristo, comunista, hereje, excomulgado, falso papa.
Que no me representa, decían algunos; otros lo condenaban a los infiernos como comunista y no faltó quién dijera, y hasta me hizo sonreír amargamente, que era un “maldito argentino subversivo".
No sigo con los insultos, los hay peores. Pero no salgo de mi estupor al ver tanto odio contra una persona de 88 años, en un momento de extrema fragilidad.
Mientras todos revivíamos las angustias que hemos pasado con personas queridas de edad avanzada que han estado hospitalizadas (el lenguaje parco de los médicos dando reportes, la repetición de las palabras sobre el estado crítico del paciente, el tipo de tratamientos que se le aplica, la prohibición de verle en terapia intensiva y, sobre todo, el vaivén entre la esperanza de recuperación y el sufrimiento de la recaída) hubo quienes, so capa de defensores intransigentes de la fe, la tradición, la moral, las buenas costumbres o yo qué sé, atacaban al enfermo y deseaban su muerte o lo daban por muerto.
Incluso se dudó de la foto que el 16 de marzo difundió el Vaticano del papa sentado, puesto una estola, orando en la capilla vecina a su habitación en el Gemelli. Muchos hacían mofa: que por qué de lado, que por qué de espaldas, que eso es un montaje. Alguno llegó a decir que lo habían momificado.
Como el Vaticano dijo que el papa había concelebrado la misa ese día, dados de ritualistas, pero ignorantes, decían que no lo creerían a no ser que se mostrase una foto del papa de pie en el altar, cuando bien podía haberla concelebrado desde su asiento.
A los católicos nos enseñaron desde niños que uno de nuestros deberes es la fidelidad a la Iglesia y al papa. Esto cambió, por supuesto, con el Concilio Vaticano II y su nueva visión de los laicos, y no se diga con el avance de la sinodalidad, impulsada por el propio Francisco. Y sumen a ello, el inmenso cambio cultural traído por el internet.
Ya no rige el respeto ciego de antes. Ya es imposible sostener la tesis de que la Iglesia es una “sociedad perfecta” y deducir de ello que su jerarquía es perfecta. Al contrario, ahora vemos sus fallas y las criticamos, pero si eres católico lo harás con razones y en tanto en cuanto ayude a la Iglesia. En privado, si es lo que conviene, pero incluso públicamente, como lo he hecho yo mismo cuando he creído del caso.
Pero de allí a desear la muerte del papa hay un trecho inmenso. De aquel papa que se ha distinguido precisamente por su apego a las enseñanzas de Jesús misericordioso, de aceptar “a todos, a todos, a todos”, como dice Francisco, en especial a los excluidos y sufrientes.
Un papa que ha luchado por una Iglesia en salida, una Iglesia que sea un hospital de campaña que cure las heridas del mundo.
¿Será porque el papa ha sido claro y no pacta con quienes defienden ideologías oscuras, con fascismos que van contra la democracia? ¿Será porque bebe del propio pozo del evangelio y vive la opción preferencial por los pobres? ¿Será porque impulsa a contruir la casa común y a cuidar la naturaleza? ¿Será por eso que le dicen izquierdista y comunista?
Francisco ha dado la espalda a esa falsa religiosidad hiperindividualista y por eso tiene tantos críticos, por ejemplo, en la Iglesia católica estadounidense.
Me molestó enterarme de que el cardenal Timothy Dolan, a pesar de que el Vaticano fue transparente sobre la salud del papa, tranquilizando al público, declarara el 24 de febrero en la catedral de san Patricio de Nueva York: “Nuestro Santo Padre, el papa Francisco, se encuentra en un estado de salud muy delicado y probablemente próximo a la muerte”.
Como dijo Ann Thompson, de NBC News, no se sabe de dónde obtuvo Dolan tal información, pero un príncipe de la Iglesia que preside la segunda arquidiócesis más grande de EE. UU., no debería hacerse eco de rumores sin fundamento.
Pero no solamente eso, sino que Dolan, tras unos días, cuando supimos de mejoras y retrocesos en el estado del papa, emitió un memorando a través de su vicario general sobre los preparativos para el funeral del Papa, declarando: "Mientras Jorge Mario Bergoglio se acerca al final de su viaje terrenal...".
Eso es una falta de respeto, pero no solo eso: es la manera inconfundible de llamarlo por parte de quienes fingen que el papado está en sede vacante y se niegan a reconocer a Francisco como papa.
El arzobispo de Oviedo, Jesús Sanz, también aseguró ante los fieles que el papa se encontraba en situación "terminal”.
Me parece que los ultraconservadores como Dolan y otros jerarcas de la iglesia estadounidense que apoyaron a Trump (Sanz también ha puesto como “modelo de gobernante” a Trump) y ya complotaban estos días para elegir a un sucesor tradicionalista, se quedaron con un palmo de narices con el sorpresivo anuncio el sábado del alta médica y la vuelta del papa Francisco al Vaticano el domingo.
Tras 12 años de pontificado —que justo los cumplió en el hospital el 13 de marzo— está claro que Francisco representa una revolución dentro de la Iglesia, un cambio de paradigma, para devolverla a su esencia evangélica: los pobres como centro.
Sencillo, descartó la pompa del cargo, modificó el estilo de ser papa, siguió con sus zapatos chuecos, incluso cambió su auto oficial por un Fiat 500. Y renunció al Palacio Apostólico y se fue a vivir en un cuarto de hotel, que eso es la Casa de Santa Marta.
Lavó los pies a los presos, abrazó a los migrantes, se sentó a almorzar con los mendigos, no fue de viaje a los países grandes sino a los chicos. Por eso lo tuvimos entre nosotros.
Se propuso poner a la Iglesia en camino, en salida, hacia las periferias del mundo y del corazón humano. Demostró que no es un papa que condena sino que acompaña.
También cambió a esa Iglesia autorreferencial, replegada sobre sí misma y tentada por el clericalismo y la tradición de que como siempre se hizo así… las cosas deben seguir así.
Sus encíclicas como Evangelii Gaudium, sobre la alegría del evangelio; Laudato Si’, primera enteramente dedicada al tema de la casa común y la obligación de cuidar la Tierra y la naturaleza; Fratelli Tutti, acerca de la fraternidad humana, así como sus otros documentos e intervenciones, quedarán para siempre como hitos de la historia de la Iglesia.
El Sínodo de la Sinodalidad ha sido el Concilio de Francisco. Un proceso que ha dado voz a los laicos, a las mujeres, a las periferias eclesiales. Claro que en el papel de las mujeres en la Iglesia aún falta avanzar mucho más, y ojalá Francisco dé más pasos en esa dirección.
Porque él no descansa en su labor reformadora. Desde el Gemelli emitió un decreto convocando a una Asamblea Eclesial (algo nuevo: ni concilio ni sínodo) para 2028.
Su sinceridad, su verticalidad, la altura de sus miras ha hecho que le respeten en la escena internacional, convirtiéndose, como dice José Manuel Vidal, “en un ícono de autoridad moral mundial, reconocido por todos, creyentes y no creyentes, como un faro de humanidad en tiempos oscuros”.
Por eso, desde aquí, me uno a la emoción de las personas que se agolparon en el Gemelli y de las que oraron en la plaza de San Pedro por la expectativa por fin realizada de la recuperación del papa Francisco, con el corazón lleno de esperanza por este papa único e irrepetible para que nos siga guiando con su fuerza y humildad.