En sus Marcas Listos Fuego
El muy bestia
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PhD en Derecho Penal; máster en Creación Literaria; máster en Argumentación Jurídica. Abogado litigante, escritor y catedrático universitario.
Actualizada:
Llevamos cerca de dos años viendo como jueces corruptos son sentenciados por liberar culpables a cambio de jugosos y verdes argumentos.
Y como un gran dique hemos represado el hablar de esos jueces que destruyen inocentes, como un gran socavón que se traga el debido proceso con un sorpresivo, contundente e irreversible tronar de dedos.
Esta es la historia, de la vida real, del “juez anticorrupción” Ángel Humberto Quito Santana, trágicamente importado desde Manabí a Quito para “administrar justicia especializada”.
Lo que leerán a continuación les helará la sangre. Les demostrará que Ecuador no tiene esperanza mientras elementos como Quito Santana puedan alcanzar cargos superiores a los de conserje de sede judicial.
Lo que Quito Santana hizo no tiene nombre, ni precedente, ni modo alguno de ser interpretado con diplomacia. Así que lean esta columna con las luces prendidas, porque es la demostración de que tener jueces iletrados es igual o más peligroso que tener jueces corruptos.
Pero para explicarles la magnitud devastadora que puede tener la decisión tomada por un ignaro de callejuela, les voy a explicar con analogías y símiles lo que este espécimen hizo:
¿Se imaginan que, en un juicio tributario, entre el SRI y la compañía A, los jueces determinen que el que debe los impuestos es usted, que no tiene nada que ver ni con ese proceso ni con la compañía A?
¿Se imaginan que, en otra ciudad, Juan (a quien usted no conoce) le sigue un juicio de inquilinato a Pedro (a quien usted tampoco conoce) por falta de pago del canon de arrendamiento (de un departamento que usted no sabe ni que existe) y que el juez, erudito de pocilga cualquiera, disponga que usted, que no formó parte de ese juicio, sea el obligado al pago del arriendo a Juan?
¿Se imaginan que en un juicio ejecutivo en el que Sandra demanda a Johanna el cobro de una letra de cambio, el juez decida que usted, pobre y triste ciudadano, sin que tenga vela en ese entierro, sea quien debe pagar a Sandra?
¿Se imagina que en alguna provincia fiscalía formule cargos, luego acuse y lleve a juicio a un, digamos, estafador, y que los jueces del tribunal penal determinen que el estafador y usted son culpables y deben ir a la cárcel?
Y ustedes me dirán: eso no es posible porque son procesos en los que yo no participé, en los que yo no tuve abogado, en los que yo no pude defenderme. Sería como que a mi vecino, su ex pareja le siga un juicio de alimentos y que el juez decida que yo, que no la conozco a ella ni a mi vecino, sea el obligado a pagar mensualmente esa pensión.
¿Se dan cuenta lo absurdo que suena todo esto? Pues bienvenidos a Ecuador, donde, entre extraordinarios jueces anticorrupción, se infiltró uno capaz de hacer a cualquier absurdo una realidad.
Resulta ser que si ingresan al sistema de la función judicial (e-Satje) y digitan la causa 17100-2024-00072G, hallarán que el 21 de enero de 2025 se declaró jurisdiccionalmente la negligencia manifiesta de Quito Santana por exactamente esto.
Conforme a la sentencia emitida, se comprobó que Quito Santana hizo lo siguiente:
- En un caso penal, una fiscal, con las mismas carencias educativas que Quito Santana, decidió formular cargos (iniciar el proceso penal) contra A.
- En esa audiencia se formuló cargos contra A y, por lo tanto, se pidieron medidas cautelares en contra de A y, ¡oh sorpresa!, en contra de B, lo cual de por sí ya es una cojudez mayor, insuperable, pero que cualquier juez con un mínimo de educación procesal hubiese mandado al traste.
- Quito Santana, sin razón alguna (o para no dejar testigos) dispuso que se declare reservada la audiencia y obligó al público a salir.
- Sin que B sea procesada, sin que B cuente con abogados en audiencia, sin que B pueda ejercer el derecho a la contradicción y a la defensa pero, sobre todo, sin que a B puedan imponerle medidas cautelares, ¿qué creen? Con arcos abandonados, Quito Santana, en una manifestación de ignorancia extrema, dictó medidas cautelares en contra de B, que implicaron que INMOBILIAR entre a sus propiedades y se lleve todo, todito todo.
- Y claro, B denunció por negligencia manifiesta a Quito Santana y conforme la información pública que les he citado, la Corte Provincial de Pichincha hizo lo inevitable: lo calificaron de negligente y enviaron la sentencia al Consejo de la Judicatura para que se decida su destitución.
Miren, en materia penal, si a ti no te procesan, a ti no te pueden dictar medidas cautelares. Esto es tan obvio que hasta me parece patético escribirlo. Si tú no eres parte de un proceso, si no participas en ese proceso, las decisiones del proceso no pueden afectarte.
No se necesita ser estudiante de Derecho para entenderlo. Créanme, tampoco se necesita tener mínimos conocimientos en Derecho Procesal Penal. Sólo se necesitan más de dos neuronas.
Si un cliente me pregunta: ¿me podría pasar algo en una audiencia en que fiscalía está acusando al ciudadano C? Mi respuesta sería: no seas menso, ¿cómo te podría pasar algo en un proceso del que no formas parte? Pero hoy, empiezo a ver que el menso soy yo, por creer que lo imposible es posible.
Recién les conté este caso a tres buenos penalistas amigos míos y el primero me dijo con justificada incredulidad “ver para creer”; el segundo me dijo “no jodas, ni a un retrasado mental se le ocurriría hacer algo así”; el tercero me dijo “si eso pasó, me retiro de esta maldita profesión y me pongo un puesto de hot dogs en La Carolina”.
Es que gente, esta historia que les cuento no tiene palabras para dimensionar lo ocurrido. Lo que hizo Quito Santana no sólo pone en riesgo la seguridad jurídica, sino que la dinamita por completo.
Ahora que la Corte Provincial de Pichincha declaró la negligencia manifiesta de Quito Santana, le corresponde al Consejo de la Judicatura decidir si lo destituyen o si lo premian con una segunda oportunidad.
Así que esta parte de la columna es mi pronunciamiento para que me lea el Consejo de la Judicatura y ver si se despabilan de una vez por todas:
Ustedes permitieron que un tipo, que en el primer mundo no estaría pasando ni las aguas de un estudio jurídico serio, llegue a ser juez. ¿Van a seguir consumando este insulto a un país entero?
Ustedes, que se enorgullecen de los juzgados anticorrupción por la excelencia de sus jueces (que me consta), ¿van a permitir que un tipo como Quito Santana bote por la borda todo lo logrado y que los jueces anticorrupción se conviertan en el hazme reír de la sociedad?
Ustedes, que tienen en sus manos el deber de ser terminantes y categóricos con las negligencias judiciales que no tienen perdón posible, ¿van a permitir que este tipo salga indemne?
Es que ustedes, señoritos del Consejo de la Judicatura, serán quienes decidan ser cómplices de la estupidez o verdugos de la ignorancia.
Quito Santana, cuando eligió ser juez (seguro alguna tambaleante tía abuela le dijo que servía para eso), también aceptó someterse al escrutinio ciudadano. Y aquí tiene su escrutinio ciudadano. Así que lee bien, Quito Santana: naciste para ser juez, pero de Ecuavóley.
Ahora, lectores, quiero que mediten: ¿se imaginan caer en manos de un juez así? Se supone que los jueces deben ser los más sabios, los más estudiados, los mejores entre sus pares. Se supone.
Es momento de que el gremio, la academia y los colegios de abogados se pronuncien sobre esta aberración sin antecedentes históricos, con excepción del habeas corpus en el que el reguetonero Bad Banny, juez de Manabí, concedió un habeas corpus a un amicus curiae, Jorgito Glas.
Todo un país está en riesgo y debemos ser nosotros, los que sí amamos nuestra profesión, los que levantemos la voz para limpiar la justicia y su honor. El Consejo de la Judicatura debe estar, ahora sí, en la mira.
Como ciudadano hoy ejerzo mi libertad de expresión para contarles esta historia de locura. Pero también, como abogado, siento terror de pensar que un día algún cliente mío pueda ser víctima de un juez como el que acabo de describir.
Por eso también es función de las asociaciones de jueces, esas integradas por jueces probos, preparados y capaces, luchar para que quienes no tienen preparación ni capacidad para administrar justicia, sean perentoriamente desterrados del sistema y arrojados a donde pertenecen: a regresar a su casa de la infancia y vivir bajo la tutoría de los adultos pensantes.